El talento devaluado. La economía política y el salario

En Argentina, el estancamiento salarial frena el crecimiento económico. Las políticas actuales priorizan los incentivos al capital y han relegado al otro gran factor productivo: el trabajo.

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Fecha: 12/05/2025. Autor: Pablo Quintana, Nicolás Aroma

El talento devaluado:  La economía política y el salario. 

 

En todo modelo económico la producción depende de dos factores, capital y trabajo. La remuneración del  capital es el retorno de capital (interés bajo ciertas circunstancias) y la remuneración del trabajo, el salario. Resaltamos esto, porque últimamente en la economía argentina, el segundo parece olvidado. Todos los fomentos a la producción pasan por generar incentivos al capital, pero los incrementos del salario no se encuentran en la discusión. Haciendo una arbitraria enumeración de la discusión económica,  observamos que siempre resulta urgente devaluar -sino los productores pierden competitividad-, disminuir impuestos -sino el productor se siente ahogado-, aumentar tasas de interés -sino se fugan los capitales-, generar promociones industriales (RIGI) y la lista puede seguir, pero, ¿y el salario?

Los incentivos para mejorar el trabajo también se presentan desde el punto de vista del empresario, como el  descuento en las contribuciones laborales para que se pueda contratar sin encarecer el costo laboral, etc. En este artículo tomaremos una mirada de la macroeconomía  desde el punto de vista del trabajo, sin considerarlo como un costo más de la producción, sino como un factor clave de la producción ( tal vez el más importante). Aún con los avances de la tecnología y la IA, aún no imaginamos a una pala cavando por sí sóla una  zanja.. 

Salario y bienestar social. 

La búsqueda del bienestar social debería erigirse como el faro que guía toda política económica, un principio que, aunque teóricamente aceptado por diversas corrientes ideológicas, a menudo se ve opacado por la priorización de indicadores macroeconómicos desvinculados de su impacto real en la vida de las personas. Las discusiones económicas están centradas en la inflación, el déficit fiscal, el tipo de cambio, pero poco se discute si la sociedad vive mejor o peor que antes.  Esta desconexión se manifiesta crudamente en la relación entre salario, ocio y la valoración del trabajo, elementos cruciales que, al ser descuidados, minan las bases de una sociedad próspera y equitativa.

El problema del bienestar es difícil de cuantificar, pero ciertos indicadores pueden marcar la posición de esta situación. La pobreza, sin dudas, es una medida central; el consumo también lo es, dado que los bienes económicos se producen para mejorar nuestras condiciones de vida; y, por supuesto, los salarios, que constituyen la fuente principal de ingresos para la mayoría de la población.

En todos estos frentes, los datos recientes muestran un deterioro sostenido: aumento de la pobreza, caída del consumo y pérdida del poder adquisitivo del salario real. Estas señales no deben interpretarse como externalidades del ajuste, sino como síntomas de una crisis más profunda: una economía que ha dejado de tener al bienestar como objetivo explícito.

Modelo Salario / Ocio. Una carrera despareja.  

El salario no es un mero costo de producción, sino la principal fuente de ingresos para la vasta mayoría de la población –los trabajadores– y, por ende, el vehículo fundamental para acceder al bienestar. Este bienestar no se limita a la satisfacción de necesidades básicas, sino que abarca la capacidad de adquirir bienes y servicios que enriquecen la vida, incluyendo aquellos destinados al ocio.

Planteamos ahora un modelo macroeconómico clásico y simple, en dónde el trabajo es un factor productivo suponiendo que el ocio no tiene valor,  el aumento del salario no tiene influencia. Para que se entienda, el trabajador decide maximizar su utilidad (consumir más bienes) eligiendo entre trabajar o no hacerlo (dedicarse al ocio). Si este último no tiene valor, siempre va decidir trabajar más para ganar más y por lo tanto maximizar su bienestar.  El trabajo pasa a mantenerse constante. Incluso puede seguir trabajando ante bajas del salario o incluso aumentar su trabajo ya que puede estar en juego sus necesidades básicas. Pero se debe entender que este es un modelo de juguete, dado que no es cierto que el trabajador no valore el ocio. 

El ocio, lejos de ser un tiempo improductivo, es un componente vital para la salud física y mental, el desarrollo personal y la cohesión social. Sin embargo, una narrativa cultural y económica persistente tiende a desprestigiarlo, glorificando una hiperproductividad que a menudo se traduce en jornadas extenuantes y una renuncia al descanso necesario, como si el valor de una persona residiera únicamente en su capacidad de producción incesante. Este discurso se ve reforzado por la crítica al gasto en cultura o la simplista exhortación de "trabajar más para vivir bien", obviando que un mayor esfuerzo laboral sin una compensación adecuada o a costa del tiempo vital no conduce necesariamente a un mayor bienestar integral. Por supuesto, que a medida que el salario disminuye y las necesidades básicas del trabajador y la familia no son cubiertas, la valorización del ocio disminuye, primero hay que vivir. 

La desvalorización del ocio tiene un correlato directo en la dinámica salarial. Si el tiempo libre pierde valor simbólico, el incentivo económico necesario para que un individuo lo sacrifique —es decir, el salario— puede ser menor. Este fenómeno se intensifica en contextos de deterioro económico prolongado, como el que atraviesa Argentina, donde los salarios reales han sufrido una erosión constante durante la última década. Caídas sostenidas, apenas atenuadas por recuperaciones nominales insuficientes, han dejado a los trabajadores en una situación cada vez más precaria. La pandemia y las sucesivas devaluaciones han profundizado este proceso, minando el poder adquisitivo y comprometiendo seriamente la posibilidad de acceder a un nivel de vida digno.

Las pocas medidas adoptadas en favor de los trabajadores resultan sistemáticamente insuficientes. Supongamos que se trata de una carrera: aunque ambos corredores tengan la misma velocidad, si uno parte diez minutos más tarde, nunca alcanzará al otro, a menos que corra mucho más rápido o se le permita un salto que lo ubique en igualdad de condiciones. Lo mismo ocurre con los salarios: si los aumentos apenas igualan la inflación —lo cual ocurre en contadas ocasiones— no alcanzan para recuperar el nivel previo de ingresos reales. Y lo más preocupante: sin una política fuerte que revierta esta tendencia, ese nivel jamás se recuperará.

Incentivos al trabajo y formación en capital humano. 

Entendamos que la remuneración del trabajo no es solo una compensación, sino un incentivo esencial para su participación en el proceso productivo. Tal como señalamos al inicio, las remuneraciones a los factores productivos —capital y trabajo— cumplen la función de inducir su puesta a disposición para la producción. Si el rendimiento marginal del capital aumenta con la incorporación de tecnologías, esto incentiva a invertir. Del mismo modo, si el salario mejora, se incentiva la participación de trabajadores más calificados y la acumulación de capacidades.

En efecto, la única forma sostenible de fomentar el trabajo calificado es garantizar remuneraciones acordes. Cuando los ingresos del personal capacitado son bajos, se desincentiva el perfeccionamiento y se reproduce la precarización laboral. Esta dimensión —la del capital humano como eje del desarrollo— parece haber sido olvidada: todas las políticas de incentivo están orientadas al empresario o al capital monetario, mientras el estímulo al trabajo y al conocimiento ha sido sistemáticamente postergado.

El impacto de la precarización salarial y de la desvalorización del trabajo formal y calificado es multifacético. Frente a la insuficiencia de los ingresos provenientes del empleo tradicional, emerge un “rebusque” generalizado: proliferan trabajos por cuenta propia en plataformas digitales (como delivery o transporte), crece el emprendedurismo —muchas veces limitado a la reventa con márgenes mayores que la remuneración profesional— y se multiplican las incursiones en actividades especulativas como el trading de criptomonedas. Aunque estas salidas pueden ofrecer soluciones individuales, en conjunto reflejan un desincentivo sistémico hacia la formación, la profesionalización y la estabilidad laboral.

Si bien válidas para la supervivencia personal, estas estrategias agregan escaso valor económico. Son los trabajos profesionalizados, coordinados con otras ramas del conocimiento, los que permiten desarrollar industrias avanzadas y elevar el valor agregado de una economía.

Este fenómeno de desplazamiento hacia ocupaciones informales o especulativas es también consecuencia directa del sesgo estructural de las políticas económicas: todos los incentivos se orientan hacia el capital. La renta del capital —en cualquiera de sus escalas, no solo en los grandes capitales— supera sistemáticamente la rentabilidad del trabajo. En muchos casos, montar un pequeño comercio o revender productos resulta más redituable que ejercer una profesión.

A ello se suma un proceso de desprestigio activo hacia el trabajo calificado. Profesores, médicos y otros profesionales enfrentan no solo salarios bajos, sino una evaluación social constante y una crítica sistemática al “gasto público” que suponen sus ingresos. Esta situación contrasta fuertemente con la de economías desarrolladas como la de Estados Unidos, donde el trabajo calificado es altamente valorado y bien remunerado, lo que genera incentivos para la excelencia y la inversión en educación.

Un país que aspire al desarrollo no puede permitirse despreciar su talento humano. Fomentar, retener y revalorizar el trabajo calificado no es un lujo, sino una condición estructural del crecimiento. Sin esa inversión, el futuro económico queda atado a actividades de baja productividad y creciente informalidad.

Crecimiento y desarrollo económico.

El abordaje del tema salarial que proponemos trasciende la dimensión social. Si bien es indiscutible que la justicia social exige una mejora en las remuneraciones del capital humano, el énfasis aquí está puesto en su papel dentro del crecimiento económico.

En los modelos de crecimiento endógeno, como los desarrollados por Paul Romer —Premio Nobel de Economía en 2018—, el capital humano adquiere un rol central. En estos enfoques, el conocimiento y las capacidades acumuladas por los trabajadores generan efectos multiplicadores sobre la productividad, tanto propia como de su entorno. Es decir, el aporte de un trabajador calificado no se agota en su desempeño individual: genera externalidades positivas que elevan la eficiencia del equipo de trabajo. La analogía es simple: si tengo a Messi en la cancha, todo el equipo juega mejor.

La posibilidad de transferir conocimiento a los procesos productivos depende directamente de contar con trabajadores formados y motivados. Pero este tipo de externalidad difícilmente se materializa cuando el salario no compensa adecuadamente las funciones, ni reconoce el esfuerzo que implica la calificación. Es difícil innovar, proponer mejoras o pensar nuevos procesos cuando el trabajador apenas tiene ingresos para vivir. O cuando después de su jornada laboral debe emprender otras actividades para alcanzar un ingreso razonable.

Otros enfoques económicos abordan la relación entre salario y crecimiento desde perspectivas complementarias. Por ejemplo, Daron Acemoglu (2002) sostiene que los salarios bajos desincentivan la inversión en tecnología. Cuando el costo laboral es elevado, las empresas tienen un incentivo claro para invertir en innovación, automatización y mejoras de procesos, ya que sustituir trabajo por capital resulta eficiente. En cambio, si el costo del trabajo es bajo, la rentabilidad empresarial se logra sin necesidad de transformaciones profundas, y no se generan presiones para aumentar la productividad.

Esta lógica no está alejada de la realidad argentina. El costo laboral ha venido cayendo de forma sostenida durante los últimos años y se ha profundizado bajo la gestión actual. Las devaluaciones recientes, combinadas con una reforma laboral de facto que ha reducido derechos y protecciones, han deteriorado aún más la posición de los trabajadores. Sin embargo —y este es el punto central—, las inversiones productivas no llegan, ni siquiera en este contexto de menores costos laborales. Es decir, el ajuste no genera por sí solo las condiciones para el crecimiento. El concepto de que bajar el costo laboral, incentiva a la inversión no tiene correlato empírico. 

Desde una perspectiva más heterodoxa, el enfoque se invierte: el crecimiento económico no nace en la oferta, sino en la demanda. Es el poder de compra de los hogares —y, en particular, de los trabajadores— lo que impulsa a las empresas a producir más, invertir y contratar. En este marco, mayores ingresos laborales se traducen en mayor consumo interno, lo que dinamiza la demanda agregada y pone en marcha un círculo virtuoso de expansión económica.

Incluso el tiempo disponible adquiere aquí un rol relevante. Si los trabajadores dedican menos horas al empleo, disponen de más tiempo para el ocio, la recreación y el consumo, todos componentes fundamentales del crecimiento desde el lado de la demanda. Es decir, menos tiempo trabajado no implica menor dinamismo económico, sino una reorganización de la vida productiva que puede potenciar el bienestar y también el consumo.

 

Conclusiones

El planteo desarrollado en este artículo busca reinstalar el foco en el capital humano, un componente central que, consideramos, ha sido progresivamente relegado en la discusión económica y política de los últimos años. La fuerza laboral no es un factor secundario: cumple un rol protagónico en la producción, tanto en los modelos económicos heterodoxos como en las formulaciones ortodoxas de la economía real.

Sin embargo, desde el ámbito político se ha tendido a priorizar los incentivos al capital, bajo la premisa de que ello facilita la llegada de inversiones y dinamizará la producción. La evidencia, sin embargo, muestra que estas políticas no han generado los resultados esperados: las inversiones no llegan, y el crecimiento permanece estancado.

Sin pretender agotar el tema ni ofrecer una explicación única, este artículo propone recuperar la discusión sobre la valorización del trabajo y del capital humano como factores fundamentales para el desarrollo económico y el bienestar colectivo. Esperamos que este enfoque contribuya a abrir nuevas líneas de análisis, reflexión y diseño de políticas que pongan nuevamente al trabajo en el centro de la estrategia de crecimiento.